Mbappé, Asencio y Guler. Foto:REAL MADRID

Mbappé, Asencio y Guler. Foto:REAL MADRID

Real Madrid 2-0 Levante

El fútbol tiene memoria, pero el coliseo blanco tiene, sobre todo, exigencia. El debut de Álvaro Arbeloa ante su gente no fue el camino de rosas esperado. En una tarde de contrastes hirientes, el Real Madrid logró imponerse por 2-0 al Levante, aunque el resultado final maquilla una primera parte que rozó el desastre y que puso a prueba la paciencia del madridismo.

Antes del pitido inicial, la megafonía ya adelantaba el clima de tensión que se respira en Chamartín. Hubo un veredicto claro: pitos sonoros para pesos pesados como Bellingham, Vinicius, Valverde y Camavinga, además del joven Huijsen. En la otra cara de la moneda, el refugio de la esperanza: aplausos cerrados para los canteranos Gonzalo García y Asencio, para el muro Courtois y para un Mbappé que parece ser el único galáctico con crédito ilimitado. ¿Arbeloa? Recibido con una indiferencia gélida, la de quien todavía tiene todo por demostrar desde el banquillo.

Los primeros 45 minutos fueron un desierto de ideas. Durante el tramo inicial, el Madrid se adueñó del balón, pero con una posesión estéril, horizontal y carente de alma. El Levante, sin necesidad de grandes alardes, parecía el equipo grande de la contienda.

La primera ocasión seria llegó en el minuto 14, y no fue blanca. Una falta de Bellingham en la frontal permitió a Carlos Álvarez probar suerte, aunque su disparo se estrelló en la barrera. El partido se embarró entre interrupciones y tarjetas (Vencedor en el 17’ y Tchouameni en el 32’), dejando una sensación de apatía preocupante. El Madrid no proponía, no mordía y, por momentos, parecía el equipo que lucha por evitar el descenso. La sonora pitada camino de los vestuarios fue el reflejo de un Bernabéu agotado.

Arbeloa no esperó más. Tras el descanso, movió el árbol dando entrada a Mastantuono y Arda Güler por Camavinga y Gonzalo. El mensaje era claro: creatividad o muerte. El equipo pareció entender el toque de atención del técnico y la grada.

El partido cambió en el minuto 56. Mbappé, en una de sus clásicas arrancadas, provocó un penalti infantil de Toljan. El propio astro francés transformó la pena máxima en el 58’ para abrir la lata y dar un respiro al banquillo.

Con el 1-0, el Madrid se liberó de las cadenas. El equipo empezó a apretar y el fútbol fluyó. En el 66’, Arda Güler puso un centro medido al corazón del área para que Raúl Asencio se elevara de forma imperial, conectando un remate de manual que se coló por la escuadra. Un gol de bandera para un central que se marchó en el 90′ bajo una ovación atronadora, dejando su lugar a un Alaba que volvía al verde.

El tramo final fue un monólogo blanco. Mastantuono acarició el tercero con un disparo que escupió el larguero en el 76’ y Ryan, el portero granota, se vistió de héroe con una parada imposible a un cabezazo a bocajarro de Bellingham. El inglés buscó redimirse de los pitos, pero se topó con una tarde inspirada del guardameta visitante.

El Real Madrid termina con un 2-0 balsámico, pero la herida de la primera parte sigue abierta. Fue un partido que se recordará más por la fractura inicial entre grada y jugadores que por la brillantez del juego. Arbeloa salva los muebles gracias a una segunda mitad de coraje y acierto en los cambios, pero el Bernabéu ha dejado claro que la exigencia no entiende de periodos de adaptación. El perdón total todavía está lejos.

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