Rüdiger luchando un balón con Borja Iglesias. Foto: Mario Resinoso Del Real

Rüdiger luchando un balón con Borja Iglesias. Foto: Mario Resinoso Del Real

Real Madrid 0-2 Celta de Vigo

Tras un mes sin pisar el Bernabéu el equipo de Xabi vuelve a casa demostrando que la victoria en San Mames no fue más que un espejismo y caen contra el Celta en un partido pésimo en todos los sentidos.

El Real Madrid regresaba al Bernabéu con la obligación de demostrar, no de confirmar que la victoria en San Mamés había sido un simple espejismo. Sin embargo, lo que debía ser un punto de inflexión se convirtió en otra página gris de una mala racha que ya empieza a preocupar seriamente. Con el equipo falto de ideas, desconectado y superado por un Celta mucho más claro y ambicioso, la noche terminó dejando más dudas que certezas. Mientras la posesión blanca se diluía en nada, el conjunto gallego encontraba premio en cada transición, y el puesto de Xabi comienza a temblar ante un proyecto que, pese a intentos de innovación táctica, no termina de sostenerse ni en juego ni en resultados.

Xabi Alonso sorprendió desde el primer minuto con una decisión que, más que innovación, sonó a experimento arriesgado: Álvaro Carreras como central y Asencio como lateral derecho. Un invento que buscaba salida limpia de balón, pero que pronto mostró más grietas que ventajas. El Celta lo detectó al instante y comenzó a morder.

Los primeros diez minutos fueron un intercambio equilibrado, pero la primera acción realmente peligrosa fue celeste: un pase al hueco magistral de Bryan Zaragoza dejó completamente solo a Pablo Durán. Ya se cantaba el primero cuando apareció Militao para salvar el desastre con un bloqueo providencial. Fue el primer aviso —y no el último— de que la tarde iba a ser larga para la defensa blanca.

A los 16 minutos llegó la primera llegada merengue: Arda Güler se coló en el área por la línea de fondo, encaró al portero y probó suerte, pero Radu respondió con seguridad. Fue el preludio de otra intervención aún más espectacular del guardameta, que se vistió de héroe al sacar un remate a bocajarro de Militao tras un córner servido por el propio Güler.

Pero la alegría blanca duró poco. En el minuto 23, Militao cayó lesionado y tuvo que ser sustituido por Rüdiger. El brasileño era el único que estaba conteniendo las embestidas gallegas; sin él, el Madrid perdió su único ancla defensiva.

El Celta, lejos de achicarse, siguió creciendo. Los primeros 30 minutos fueron suyos: contragolpes eléctricos, presión agresiva y sensación de peligro constante. El Madrid, como tantas veces esta temporada, acumulaba posesión, sí, pero sin generar absolutamente nada. Estar con el balón no es lo mismo que saber qué hacer con él.

Solo en el 38’ llegó un chispazo blanco: Vinícius inventó un sombrero dentro del área, regaló un pase templado al centro y Güler, cayéndose, conectó un disparo que salió rozando el poste derecho. Fue un destello, no una tendencia.

El Celta, mientras tanto, seguía jugando con una claridad insultante. En el 42’, otro pase al hueco —esta vez de Miguel Román— volvió a dejar solo a Pablo Durán, aunque su disparo desde fuera del área salió demasiado centrado y fácil para Courtois. Todavía habría tiempo para un último susto antes del descanso: Vinícius, forzado, sacó un tiro potente dentro del área que solo un espectacular Radu consiguió neutralizar (45+2’).

La segunda parte comenzó con un disparo lejano de Bellingham que obligó a Radu a intervenir, pero aquello fue un espejismo. A partir de ahí, el Madrid fue apagándose a velocidad alarmante.

En el 54’ llegó lo inevitable: Bryan Zaragoza filtró un centro raso desde la derecha y Swedberg, de tacón, firmó una definición sensacional pegada al palo derecho de Courtois. El 0-1 era justicia pura. La defensa del Madrid, desconectada; el centro del campo, superado; la presión, inexistente.

En el 55’ entró Rodrygo por Asencio, pero el cambio no arregló nada. Bellingham vio la amarilla en el 60’, Fran González la suya en el 64’, que acabaron siendo dos, por cometer dos entradas temerarias en el mismo minuto, una locura que provocó que el Bernabéu empezara a hervir. Pero no contra el árbitro—al menos no únicamente—sino contra su propio equipo. El público veía algo que el Madrid no lograba asimilar: el Celta jugaba mejor, más rápido, más claro y con más convicción.

Al 71’ entraron Javi Rueda y Jutglà por Mingueza y Bryan Zaragoza. El Madrid, mientras tanto, seguía sin tirar a puerta. La impotencia era palpable. Xabi Alonso terminó viendo la amarilla por protestar en el 73’, síntoma de la frustración general.

La primera ocasión blanca del segundo tiempo llegó tarde, demasiado tarde: un pase vertical brillante de Tchouaméni dejó a Mbappé solo para picarla ante Radu, pero la pelota se marchó por encima por centímetros. Güler fue sustituido por Gonzalo en el 74’ y el partido entró en un tramo caótico de tarjetas y desorden.

Moriba vio la amarilla en el 83’; al minuto 84’ salió Miguel Román y entró Fran Beltrán. Tchouaméni lo intentó con un potente cabezazo en el 87’ que terminó en manos de un Radu imperial. Y casi sobre el 88’, el Bernabéu mostró su mejor versión al aplaudir a Iago Aspas, que entró por Borja Iglesias.

El problema no era el esfuerzo, sino la estructura: la presión del Madrid fue pésima durante todo el partido. El Celta jugó cómodo, con tiempo y espacio para pensar, crear y ejecutar. Nadie del Madrid parecía decidido a morder, a adelantar líneas, a incomodar. El sistema, claramente, hizo aguas.

El final fue un colapso: doble amarilla a Carreras, roja a un miembro del staff, amarillas para Valverde y Rodrygo, y un equipo completamente desbordado. Y en el 90+4, Swedberg firmó el 0-2, regateando incluso a Courtois para poner la guinda a una actuación memorable.

El Celta se marcha del Bernabéu con una victoria histórica, trabajada, brillante y totalmente merecida. Supo dominar todos los registros del juego y expuso todas las carencias del Madrid. El Madrid, por su parte, cayó en casa no solo por errores puntuales, sino por un problema profundo: falta de intensidad, falta de estructura, falta de ideas. Xabi quiso innovar, pero su invento se volcó en su contra desde el primer minuto.

El fútbol no perdona la pasividad, y el Celta lo recordó con una clase magistral.

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